El otro Tour de France: La llegada a Mont Ventoux

Por @eskrraga

Cada ascenso al Mont Ventoux, además de evocar a los ciclistas que lo han enfrentado durante el último siglo, remite a ese poeta que, en el siglo XII, se atrevió a subirlo: Francesco Petrarca. De su empresa se tienen noticias por un escrito que él mismo realizó y en donde se evidencia que lo incidental fue el monte y sus ráfagas de viento, ante el acecho, cada vez más claro, de Dios:

Mont Ventoux

“Lo que solía amar, ya no lo amo; miento, lo amo pero menos. He aquí que he vuelto a mentir: lo amo, pero más vergonzosamente, con mayor tristeza; finalmente ya he dicho la verdad. Pues así como es: amo, mas lo que querría no amar, lo que desearía odiar; no obstante, amo, pero contra mi voluntad, forzado, coaccionado, con pesar y deplorándolo. Y reconozco en mí el sentido de aquel famosísimo verso: “Odiaré, si puedo; si no, amaré a mi pesar”

Esa transformación no ocurrió porque los soplos- que han hecho que mañana, catorce de julio de 2016, se haya cortado parte del trazado de la etapa correspondiente al día nacional de Francia- nacidos en aquella montaña hayan arrastrado los pensamientos del poeta sino por el trayecto que lo condujo a la cima.

Petrarca, cuando decidió subir el Mont Ventoux con su hermano, a quien escogió luego de haber descartado a sus amigos y conocidos, discernió la principal traba para esa cita con su dios:

“Lo prolongado del día, la suavidad del aire, la fortaleza de nuestra determinación, el vigor y la agilidad corporales y el resto de las circunstancias favorecían a los caminantes; sólo la naturaleza del lugar suponía un obstáculo.”

Naturaleza compuesta por la montaña, el cuerpo y los pensamientos que nacieron del cansancio del ascenso y que desembocaron en la conciencia de la soledad y de la presencia constante en los días de Francesco Petrarca:

“Por ese destino que gobierna la vida de los hombres, he vivido –como ya sabes– en este lugar desde mi infancia y ese monte, visible desde cualquier sitio, ha estado casi siempre ante mis ojos.”

Entonces también hay algo común con el destino destilado por cada ciclista que se figura como corredor de una gran vuelta. Como el Petrarca, ve al Mont Ventoux, ya sea en sus sueños o cuando despierta, y aguarda a que en ella se consagre, ya sea como vencedor o como uno de los pocos humanos que pudieron coronar la cima a punta de pedaladas; uno no puede evitar ver a Froome, en la lejana Kenya, imaginando que el paisaje rocoso algún día lo vería ser campeón, como ocurrió en 2013. Aunque el puesto en el que se llegue, al final, resulta un incidente porque el ciclismo, como espectáculo, no se limita a un listado en el que aparecen los nombres de los vencedores y los vencidos.

Como Petrarca y los ciclistas, René Char cifró en el Mont Ventoux, durante el siglo XX, una totalidad que trasunta toda la creación; advirtió el descenso de la montaña en donde se retorna a lo efímero de nuestras carnes y huesos y al presumible olvido que late cuando se da la espalda a la gran montaña. No hay una relación binaria ganador/perdedor; quizá todos los ciclistas terminen cayendo porque, apenas cruzan la meta, saben que, con suerte, el año venidero deberán volver a subir el Monte como si fueran Sísifos renovados.

Se acerca Mont Ventoux. El pelotón estará preñado de versos de Petrarca y Char y de los pasos de todos aquellos cuyos nombres se han omitido con ocasión de las vanidades de cualquier intento por no olvidar. Empezará la ascensión de un monte que semeja el de un planeta muy lejano de la Tierra.

Andrés Felipe Escovar

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