Fabio Aru, el escalador que enseñó lo humano que es el ciclismo 

Por @amatiz12

Además de poner fin a una agridulce edición, la Vuelta a España dictaminó el cierre de la carrera deportiva de un corredor que con su brillo fugaz, construyó un prestigio que siempre lo hizo protagonista, incluso cuando su debacle fue inexorable, para mostrar la parte más humana de un deporte que exige a sus practicantes ser unas máquinas. Porque eso fue Fabio Aru, uno de los más terrícolas entre un pelotón colmado de extraterrestres.

El sardo es un ciclista con el que nosotros, la gente del común, nos sentimos mejor identificados. Plasma lo frágiles que somos ante la adversidad, pero a la vez, el pundonor que nos doma para resarcirnos de la dificultad para así mantener intacto nuestro orgullo. Es la extraña esencia del ser humano, una mezcla de querer mandar todo al carajo y también salvar los muebles. Y es algo que se maximiza en una práctica competitiva que por demás es bastante estricta, donde se controla hasta el más mínimo detalle y se deben sacrificar muchas cosas para obtener el éxito, un camino de rigurosidad que alaba a los más disciplinados y que tortura a los no tan juiciosos.

Pero no sólo está ese porte cuando el panorama es oscuro, también es un claro ejemplo de lo que somos en el auge. Querer lograr las cosas de forma épica, actuando con sangre caliente, terquedad, ambición y un interno deseo de alcanzar la gloria rompiendo la lógica, traspasando las barreras racionales. Relegar ese conformismo para siempre obtener más, como una forma de superarnos a sí mismos y de demostrar al resto los maravillosos alcances a los que nuestra virtuosidad nos transporta.

No se puede negar eso de un tipo que en su primera grande como capitán, corría como un patrón con ansias de aplastar, inclusive cuando no contaba con los pergaminos suficientes para trepar a una plaza de honor. Es difícil saber de qué otra manera se visualizaba Fabio cuando en las rampas de Plan di Montecampione, optaba no sólo por proponer ataques entre los mejores, sino encima una vez con la carrera rota, no se inmutaba por llevar a su rueda al entonces líder Rigoberto Urán, entregándolo todo y con una inusual convicción de que podía quebrar a un sólido caudillo. El querer imponerse a ese raciocinio, le dio la razón a su ilógica idea, que lo llevaba a deshacerse del ‘escarabajo’ y a triunfar a la postre, en aquella cima donde alguna vez Marco Pantani deleitó a sus compatriotas.

Hacer lo impensado para un convencido de que las carreras no se escriben con los guiones tradicionales, le da alas y lo infla. A ese joven de 24 años, con mayor razón se le subía la moral y se motivaba aún más a seguir siendo ofensivo. Los intentos en siguientes parciales montañosos y un motor de alto calibre casi le permitían amargar la fiesta colombiana de ese 2014, pues bien cerca tuvo el subcampeonato de Urán, hasta que su precocidad lo privó en el Zoncolan de interponerse en ese 1-2 cafetero de Nairo Quintana y el mencionado antiqueño en aquel Giro d’Italia. Igual un 3º cajón cimentado con esa osadía, siempre deja buen sabor de boca.

Por más presión que le quisiesen restar, por más calma con que se le hubiese deseado llevar, era imposible detener a alguien que en su cabeza tenía el deseo de imperar. Para adquirir esos galones que venía solicitando, el buen Aru emuló su ideario de tierras italianas en suelo español, con la diferencia de realizarlo entre un cartel de más caché, Alberto Contador, Chris Froome, Joaquim Rodríguez, Alejandro Valverde, por mencionar algunos. Cambios de ritmo en varios de los finales en alto, combatividad al máximo, calidad en ruta empinada y un resultadazo: Dos triunfos de etapa y 5º en la general.

Se lo había ganado. Sin embargo, como todo individuo que quiere todo rápido -otro defecto muy humano- no se prepara para afrontar los factores que evoca ser un jefe de filas. Su actitud no es que cambiara, pero los mazazos mentales al fallar en momentos claves, iniciarían a debilitar el autoestima de alguien que lo podía hacer más sencillo cuando no era ‘nadie’. Pasa que cuando los resultados siguen floreciendo, maquilla las heridas y no divisa los perjuicios a futuro.

Es claro, que su subcampeonato en la Corsa Rosa de 2015 fue obtenido a contrapié, confrontando diversas adversidades imprevisibles. Porque sin esperarlo, tuvo que remar contra corriente ante la eclosión de su coequipero, un tal Mikel Landa. Atiborrado por las ganas de ser el principal obstáculo del cacique de esa prueba, Contador, no traicionaba su esencia atacante, pero debía lidiar con la sombra que le provocaba su gregario, superior en fuerzas a él.

Hasta tal punto arribó ese apuro, que aprovechándose de una avería mecánica de Alberto, puso a su bloque a acelerar el ritmo camino del temible Mortirolo. Algo así como el “todo vale”, si el oponente tiene mala suerte, una pena por él, pero eso se debe capitalizar. Y como una cuestión del karma, ese paso infernal de sus lugartenientes lo reventó, y una vez el de Pinto conectó con su rueda -gestando una memorable exhibición-, lo dejó botado en compañía de su ‘amienemigo’ Landa, clavándole casi 3′ con segunda conquista consecutiva de Mikel. Una característica nuestra más que imita este protagonista, la falta de solidaridad ante la desgracia del otro, anexando esa trama de cómo el destino cobra -y bien caro- el egoísmo y viveza de sacarle el jugo al mal contrario.

Aunque momento, no todo es tristeza acá… pues la siguiente virtud puesta en práctica fue la de resarcirse ante el hundimiento. Con el honor golpeado, se dio a la tarea de mostrar otra cara en el remate de competencia y soportado por una escuadra que lo seguía tratando como líder indiscutible, hizo lo suyo. Dos pepinos de etapa en Cervinia y Sestriere, ligados a su talante pendenciero, resurgiendo como el ave fénix y haciendo lo que deseaba, ganar poniendo contra las cuerdas al rey de ese Giro, ya que sí, fue gracias a Aru que se percibieron esas grietas de un intachable ‘Pistolero’ en la última prueba de tres semanas que se embolsó. No se hizo con la Maglia Rosa, puesto que se localizaba a más de 5′, pese a que murió con las botas puestas, recuperando su honor.

Más diferente el ambiente en la cita en la que tocaría su techo, la única grande en la que fue el mejor. Diverso porque era jefe indiscutido de Astanta (a Nibali lo habían expulsado y Landa estaba desentendido de la general), y porque emergía como el trepador más convincente, aunque con escollo, Tom Dumoulin. El marco táctico patrocinaba de nuevo una necesidad de jugar ofensivamente, no por demostrar algo, sino por distanciar a ese croner que se bandeaba plausiblemente en la montaña. Nada del otro mundo para un rutero acostumbrado a correr así, con la contra de ostentar un cargo extra de presión al dilucidar la chance más clara de llevarse un certamen de este estilo.

Una vez el transcurso decantó la rivalidad entre italiano y neerlandés, el duelo fue uno de los más atractivos de la historia moderna de la ronda hispana. Un escenario poco claro ante la paridad en resultado y discrepancia en estilos -uno agresivo cuesta arriba y el otro con una impresionante capacidad agonística-. Tan ceñida la igualdad en segundos que para la batalla final, sólo 6″ los separaban, con esa ligera ventaja para el referente del Giant.

He ahí otra distinción efímera, querer lograr las cosas tomando el camino más arduo. Para aquel encadenado montañoso en la Sierra Madrileña y con la corta brecha, para cualquiera era fácil decir, “son seis segundos, seis mínimos segundos, esos seguro se descuentan en un puerto final, no habrá mucho misterio”. Pero no, es que era Fabio Aru el que estaba en esa situación y fiel a su doctrina, metió toda la carne en el asador para portar la roja a lo grande.

Puerto de la Morcuera, más de 50 km a meta y los celestes a fuego puro, rompiendo con seguridad al lote, preparados para una emboscada salvaje de su capitán. Apuesta loca, que a la postre magnificó la consecución. El alto ritmo rindió frutos y una aceleración del oriundo de San Gavino Monreale, acabó por enterrar a Tom. Debacle total y en una estrategia perfecta, agregada con la valentía de su constructor, resultaba en un título de Vuelta a España. Meritorio por emplear una conducta de tal envergadura, en un momento donde cualquier otro, decidiría ir a la fija, arriesgando menos. Gesta épica, con victoria como producto y más inyección de dignidad, de esas que constantemente requerimos para motivarnos a lograr más y más.

Uno de los últimos puntos álgidos de su vida como ciclista. Inimaginable pensar eso por aquel entonces, pero la mala suerte y predominancia humana, acelerarían la caída de su curva. Su última presentación formidable, de esas que metía miedo y generaba esperanza fue en 2017. En un Tour de Francia al que le tocó acudir como plan alternativo, pues el Giro se había escapado con lesión, fue quien se plantó como líder de la oposición a Froome cuando las fuerzas lo acompañaron.

Y obvio, fomentaba ese afecto con el aficionado, ya que tenía el perfil ideal para comandar a una camada deseosa de desafiar la tiranía. Se tilda de ‘ideal’ porque si había algo que propagaban el británico y sus cotizados escuderos, era miedo, y esa palabra en el diccionario del italiano, no estaba incluida. Si no más para ganar su única etapa en una Grande Boucle, burló a la oligarquía inglesa en La Planche des Belles Filles, arremetiendo a 2400 metros con dos gregarios aún. Una idea descabellada incluso hasta para el propio Sky, que en su libreto se había acostumbrado a machacar a los valientes, transformándolos en nuevos conservadores del común. Aquel 5 de julio, sus exuberantes fuerzas y en especial su entereza fueron debidamente recompensadas alzando los brazos, con el tricolor italiano, en esa moderna cima.

Plantó cara Aru hasta su desinflada en los Alpes. Para dimensionar el alcance de los aprietos en que puso al cuádruple vencedor de la prueba, tuvo en su momento el amarillo en sus manos, arrebatándoselo a ese histórico corredor cuya costumbre era la de no entregar esa camiseta una vez la conseguía. Desde la perspectiva analítica, las opciones para que Fabio ganase ese Tour eran mínimas con el inevitable naufragio del final, no obstante, su contribución fue alta puesto que él y los AG2R, con su convicción de revolucionar la sosa dinámica de la ronda francesa, hicieron ver la versión más vulnerable del ‘Keniata blanco’ en sus cuatro conquistas. Poca cosa, ¿no?

Ahí otra forma de sentirse identificado con él. El ideario prevaleciente entre gran parte de la sociedad de este charco del mundo, de anhelar ver a los débiles derrotando a los más fuertes, de retar al poder opresor que lleva años imperando, lo puso en práctica sobre una bicicleta. David venciendo a Goliat. Aunque no lo haya logrado, la ilusión que sembró de gestar la hazaña, fue una fuente de inspiración de gran impacto, para aquellos agotados de ese tren perfecto.

Los acontecimientos desde ese tramo de la línea del tiempo hasta hoy, son los que lo humanizan todavía más. De aquí en adelante, los relatos ya no son gloriosos, son dolorosos. Sin ser situaciones exactamente iguales, pero sí similares, sería válido comparar esta fase final del dotado trepador con alguien que emigra al primer mundo. En algunos casos gente que en sus países eran ingenieros, doctores, abogados y que impulsados por las dificultades económicas y sociales de sus naciones arriban a países más desarrollados a lavar platos o limpiar baños, para aspirar a un mejor salario y gozar de una estabilidad que en sus sitios de origen, está reservada para unos pocos.

Para aclarar, esta analogía recala más que todo en lo siguiente. En esos casos, son personas que pasan de tener un prestigio a ser uno más de la masa, y por más de que la obligación sea la de seguir adelante y remar contra la corriente para sacar adelante una vida, eso no elimina el martillazo psicológico que supone eso, ser de la nada uno más, cuando antes se era más importante. Es inimaginable sentir por un momento, lo que habrá experimentado Aru de que hace un año le peleaba un Tour a Froome a que ya no era capaz de estar ni con los 30 mejores. Eso echa para abajo todo, la mentalidad, el orgullo, el autoestima, la confianza en sí mismo.

Lo que se esperaría de un deportista de alto rendimiento es que busque las causas, trabaje, lo solucione y vuelva a ser el mismo de antes. Fácil decirlo o escribirlo, hacerlo es otra cosa. Y fue tanta la mala suerte que lo acompañó, que justo al momento de padecer de los males de la arteria ilíaca en su pierna izquierda, se mezclaron diversos factores. Su fichaje por una millonada para liderar al UAE-Team Emirates en 2018 -ya se imaginarán la presión que conlleva responder a una inversión así-, la aparición de esta generación dorada de jóvenes, ser el referente italiano de las citas de tres semanas con Nibali saliendo del radar, etc.

Esa aglomeración de contras ponía en jaque su retorno a las altas esferas y asimilar esa realidad para alguien habituado a estar arriba, puede ser peligroso. Pese a empeñarse en alcanzar esa meta, la frustración de no obtenerlo exhibió más que su fragilidad, la blandura que puede apoderarse de un ciclista que deja de dar resultados. A Dumoulin le ocurrió, Cavendish lo vivió, igual que Kittel. Ejemplos sobran…

“También hay un problema de carácter, ya que cuando está en problemas, tiende a deprimirse y esto empeora la situación”, acotaba uno de sus directores deportivos en UAE tras su repentino abandono en el Tour de 2020. Y una vez el propio pedalista fue liberándose de toda esa atmósfera de presión y estatus salarial de jefe de filas, lo confesó poco a poco, las adversidades son de complejo manejo para él y peor aún cuando se presentan en el marco deportivo y profesional.

Curioso es que aunque a algunos nos guste o no, ese tipo de personalidad hace parte de nosotros. Existen hombres y mujeres muy fuertes para sobrellevar los problemas, otros no tanto, costando más de lo normal y el doble podio del Giro d’Italia representa a esa masa que lidia con más estrés las cosas cuando están contra la pared. En especial, ese segundo carácter sobresale entre los mortales y es el que más se trata de ocultar en el ciclismo, porque es el peor de los defectos. Pero tener alguien que es diferente y que nos muestra que sí existen personas así en un deporte robótico, enlaza una conexión más cercana que incluso con aquellos que son ganadores por ostentar esa actitud perfeccionista.

Conducen esa serie de desgracias a un desenlace esperable, poner fin a ese sufrimiento. Si ya no gana o está con los mejores, de qué sirve tanto sacrificio y disciplina, si además lo único que desencadena son más golpes a la moral. Poco útil si hasta él mismo pidió darse de baja para la ronda gala de este año por no estar a nivel si quiera de terminar unos Campeonatos Nacionales de Ruta. Nada eficiente si ya está cansado de tener que medir su comida, estar atado a la estricta vida del profesional.

“Cuando se habla de cosas como pesar la comida y prestar la máxima atención a todo, se vuelve un poco excesivo. De alguna manera arruina lo que es simplemente deporte: subirse a una bicicleta y pisar con fuerza los pedales”, va sentenciando el hijo de la Isla de Cerdeña.

El italiano en el ciclismo deja múltiples enseñanzas, desde su combatividad, escaso pavor y convicción para rivalizar mano a mano con los más poderosos. Sin embargo, considero que su aporte más sobresaliente, sobrepasa la línea de rendimiento, ya que él se encargó además de recordar que en este ejercicio compite gente que no deja de tener sentimientos y de que el mero hecho de ser ciclista no hace que dejen de ser personas comunes y corrientes, que al igual que cualquier otro trabajador también se frustran, viven sus crisis, gozan, presumen al máximo sus logros. El ciclismo se disfraza de ser un deporte practicado por individuos que no son de este planeta, pero que olvida que de vez en cuando es una expresión de lo que es la gente que sí es de este planeta. Aru lo enseñó.

Alejandro Matiz

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4 pensamientos sobre “Fabio Aru, el escalador que enseñó lo humano que es el ciclismo 

  1. Gran artículo Alejandro, desde lo deportivo hasta la psicología que influye en todo. Gracias! Uno de mis ciclistas favoritos, mucha suerte Fabio!

  2. Excelente artículo Alejandro, me quedo con esta frase: “Es la extraña esencia del ser humano, una mezcla de querer mandar todo al carajo y también salvar los muebles.” Yo que me fui a hacer maestría y doctorado a otro país, tengo esa mezcla de sentimientos casi a diario.

    Con relación a Fabio, un distinto que entre 2014 y 2015 ponía en jaque en ciertas etapas a leyendas consagradas como Contador, Nibali y Froome. Sin embargo, como fue mencionado en el artículo la personalidad le jugó en contra, su mala fortuna a veces e incluso la salud.

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